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GOBIERNO DE CALIDAD/ La carrera incesante de la tecnología

GOBIERNO DE CALIDAD/ La carrera incesante de la tecnología

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Por Jorge Manrqiue, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de Calidad, consultoría de políticas públicas

La tecnología nunca había avanzado tan rápido. Y, sin embargo, para muchos la sensación no es de entusiasmo, sino de vértigo.

Cada día aparece una nueva herramienta, una nueva plataforma, una inteligencia artificial más potente, una promesa de automatización capaz de transformar industrias enteras. Apenas comenzamos a familiarizarnos con una innovación cuando otra ya reclama nuestra atención. Lo novedoso envejece a una velocidad desconocida para generaciones anteriores.

¿Por qué esta carrera parece tan frenética?

Porque la tecnología dejado de responder únicamente a las necesidades humanas. Hoy responde también a la lógica de la competencia. Empresas, países, inversionistas y mercados compiten por llegar primero. En ese escenario, detenerse equivale a perder terreno. La innovación dejó de ser una posibilidad para convertirse en una obligación.

La pregunta ya no es si algo puede desarrollarse, sino quién llegará antes. Sin embargo, toda aceleración tiene un precio.

La tradición, por ejemplo, necesita tiempo. Se construye mediante la repetición, la experiencia acumulada y la transmisión entre generaciones. La tecnología, en cambio, valora la ruptura. Donde la tradición pregunta qué merece preservarse, la innovación pregunta qué puede ser sustituido.

También las expectativas humanas quedan expuestas. Durante siglos la vida se organizó alrededor de ciertas certezas: una profesión para toda la vida, conocimientos relativamente estables, cambios graduales y previsibles. Hoy esos pilares se vuelven más frágiles. Una habilidad aprendida durante años puede quedar obsoleta en pocos meses. Un sector entero puede transformarse antes de que las instituciones educativas reaccionen.

Y luego está la ética.

La ética no avanza al mismo ritmo que la tecnología.

Mientras los algoritmos aprenden en semanas, las sociedades necesitan años para discutir sus consecuencias. Mientras una innovación se despliega globalmente en cuestión de meses, la reflexión sobre sus riesgos apenas comienza. La humanidad se encuentra, con frecuencia, utilizando herramientas cuya influencia todavía no comprende del todo.

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Quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo. La tecnología nos concede capacidades cada vez mayores, pero no garantiza una sabiduría proporcional para utilizarlas. Podemos producir más información que nunca y, al mismo tiempo, comprender menos. Podemos comunicarnos de manera instantánea y sentirnos más solos. Podemos automatizar tareas complejas y no responder todavía a preguntas elementales sobre dignidad, propósito o sentido.

Por ello, la cuestión más importante no es cuán rápido avanzará la tecnología. Todo indica que seguirá acelerándose.

La verdadera pregunta es otra: ¿Podrá la conciencia humana acompañar esa velocidad?

Porque ninguna innovación, por extraordinaria que sea, puede responder por sí sola qué significa vivir bien, qué merece ser conservado y qué precio estamos dispuestos a pagar por el progreso.

Tal vez el desafío de este siglo no sea crear máquinas más inteligentes, sino impedir que la fascinación por la velocidad nos haga olvidar la sabiduría de la pausa.


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